Desde que entramos a Butchart Gardens, sentí como si hubiéramos sido transportados a un lugar lleno de belleza y calma. No era solo un paseo entre flores; era una invitación a detenernos, respirar y admirar la naturaleza en su máxima expresión.
En la entrada se puede ver el mapa, y mi esposo, desde que cruzamos, dijo: “Busquemos el jardín Japonés”, porque disfruta mucho conocer esa cultura. Hay más jardines dedicados a diferentes países, y recorrerlos es como viajar sin salir del lugar.
Cada jardín tenía detalles singulares que lo hacían especial. Los colores, las texturas y los aromas se mezclaban, creando un ambiente casi mágico. Aunque había otras personas recorriendo los senderos, no se sentía agobiante. Al contrario, caminábamos en calma, con paz y relajamiento, disfrutando cada instante.
Ver a mi bebé curioso, entre brazos o en el carruaje, fascinándose con los árboles y las flores, hizo que todo el paseo se sintiera aún más completo y lleno de alegría.
Al llegar a un mirador con vista a las montañas, el lugar me impresionó: un espacio perfecto para reflexionar, encontrar calma y simplemente admirar. Por un momento pensé en una foto familiar, pero justo llegó una pareja mayor y ocupó el espacio, sentándose juntos a contemplar el paisaje en silencio.
Y en lugar de interrumpir, observé.
Había algo hermoso en esa escena. Amor sin prisa. Compañía sin ruido. Una etapa distinta de la vida, disfrutada con la misma calma con la que nosotros empujábamos el carruaje unos metros atrás.
Como fotógrafa, me recordó algo importante: no siempre se trata de buscar la foto perfecta. A veces se trata de reconocer cuando la escena ya es perfecta sin nosotros en ella.
Y solo observar.
En la foto de la pareja en la banca no quise acercarme. No quería afectar su momento ni convertirlo en algo posado. Me gustó que fueran pequeños dentro del paisaje, porque lo importante no era solo ellos, sino el contexto de su calma. El aire, las montañas, el espacio alrededor… todo formaba parte de la escena.
Algo que noté mientras editaba las fotos fue esa mezcla de crear profundidad para resaltar justo lo que me llamó la atención. Como si la luz señalara suavemente: esto.
Cuando estoy entre naturaleza, me doy cuenta de que me atraen más los pequeños fragmentos que el paisaje completo.
Lo íntimo.
Una flor que resalta entre verde.
Un detalle iluminado mientras todo lo demás descansa en sombra.
Sentí que la luz simplemente estaba existiendo… y yo me iba moviendo acorde a ella. Y sí, la luz cambia todo. Cambia la emoción, cambia el peso de la imagen, cambia incluso lo que decidimos mirar.
Esta es la forma en la que me gusta mirar el mundo… y también la forma en la que acompaño a quienes confían en mi trabajo.
Siempre estoy abierta a nuevas historias.


