Un día leí que los bebés, aunque no lo recuerden con palabras, pueden llevar en su cuerpo y su alma la huella de su nacimiento. Esa idea me conmovió profundamente. Me llevó a investigar, a sentir y a mirar hacia adentro.
No quise que el nacimiento de mi hijo Leonard quedara solo en la memoria. Quise narrarlo con palabras y con fotografías.
Este proyecto nació del deseo de recordar, de agradecer, y de reconocer que ese día no solo nació un bebé… también nací yo como mamá.
Estas imágenes son autorretratos, pero también son huellas de un momento sagrado: una bienvenida sin llanto, llena de calma, al ritmo de la respiración compartida.
Recuerdo su llegada. El instante en que lo sostuve por primera vez.
No hubo llanto.
Hubo una respiración profunda.
Hubo silencio.
Hubo encuentro.
Hubo observación.
No dejábamos de sentirnos. Así comenzó nuestra aventura de amarnos, de crecer juntos.
Leonard —mi primer hijo, mi oración contestada, mi promesa cumplida — dejaste una marca en mi corazón. Me hiciste saber que soy fuerte, capaz, que puedo confiar en Dios por encima de cualquier realidad.
También dejaste tu firma en mi cuerpo. Esa marca de amor que me recuerda que creciste dentro de mí durante nueve meses y que, juntos, hicimos de tu nacimiento una historia para recordar con gratitud y amor.


