No sé si este blog es chismecito o reflexión, pero lo que sí sé es que aquí vamos a sanar un poco el corazón.
Durante el viaje nos subimos al ferry para llegar a Isla Vancouver, en Canadá. Apenas entramos, teníamos que buscar desayuno, pero con el movimiento de gente nos separamos con Diego (mi esposo).
Yo me quedé en la mesa, esperándolo y atendiendo a bebé, que ya estaba en su siesta. Mientras esperaba, noté que varias personas empezaron a acercarse a la ventana o a salir al exterior del ferry. Sentí que algo pasaba, aunque mi mamá no me creyó y dijo: —Solo están tomando fotos al mar. No hay nada pasando.
Un tiempo después, mientras desayunaba, escuché a alguien preguntar a dos chicas sobre su experiencia en el ferry.
Y ajá… el mar era lindo, pero el mar con ballenas, más lindo aún. ¡Habían visto una ballena en el recorrido!
Así que no esperen foto de la ballena, porque… me la perdí. Me perdí de esas experiencias únicas, de una vez en la vida. Aún no le perdono a Diego su búsqueda del desayuno y el mal timing de la siesta, jaja.
.
Lo que no me perdí —pese al frío congelante— fueron esos paisajes hermosos del trayecto entre islas.
Así que, amigos, que el momento nos encuentre listos: con la cámara en mano, el corazón disponible y los ojos atentos para no perdernos los regalos inesperados de la naturaleza.
Btw, en el ferry de regreso no me quedé sola con bebé… pero tampoco vimos ballenas. En una próxima visita será.


